'El placer de olvidar'
La productividad es una de esas metas, una de esas ambrosias que todo el mundo aspira, que todos queremos o que algunos falsamente se sientan en ella como el estado armonizado para su falsa verdad. Con suerte, muchas de esas personas siente que su vida mejora, que sus ganas de crear aumentan y quieren seguir progresando mucho más allá en este mundo para enriquecerse con cosas que son totalmente ajenas a lo que ahora mismo ronda por su cabeza.
Uno de los caprichos de la productividad personal es el vaciado completo de la cabeza, dejando espacio para todo lo nuevo que nos espera. Si somos adictos a la productividad personal, sabemos que la cabeza es nuestra peor herramienta y que por lo tanto hemos de dejar de utilizarla como centro de almacenaje de las cosas cotidianas.
Suena sencillo escrito con palabras, pero resulta extremadamente difícil conseguirlo. Estamos acostumbrados a recordarlo todo y a utilizar nuestro sujeta pelos como parte de nuestras herramientas, un pensamiento implantado desde pequeños y que vamos aleccionando, que no aprendiendo. Pues aunque somos perfectamente capaces de reconocer nuestros errores, el principal, que resulta de sacar las cosas de ahí dentro, continuamos ejerciéndolo.
Esto nos deja en un estado de vulnerabilidad entre lo que queremos ser y lo que debemos ser. Yo soy productivo porque así lo escribo y lo demuestro a lo largo del día, sin importar el entorno donde me encuentre y quiero ejercer el derecho de vaciar la cabeza sin tener que recordad cosas absurdas o en su defecto, dar vueltas a la misma idea en la cabeza sin más motivo que retenerla para darle forma.
Esta idea absurda de almacenar no es más que uno de los errores más grandes dentro de la productividad, confiando en la propia biología humana aún sabiendo que lo estamos haciendo de forma errónea. Nuestra experiencia nos indica que tenemos mala memoria, que tendemos a olvidar las cosas, las acciones, las tareas, las reuniones, los detalles que no damos insignificancia y que para otros son de máximo valor.
Por ello, creo que todos los métodos de productividad personal estarán de acuerdo que el soporte de la información no debe residir en ella y aconsejan utilizar sistemas mucho más convenientes para dejar espacio. ¿Espacio para qué? Para planear y vivir la vida, por ejemplo. Nuestra vida está demasiado colapsada por el trabajo, los niños, la pareja, los asuntos domésticos, la familia y en el más importante: uno mismo. Muchos de esos frentes están bastante olvidados o no les damos la importancia que se merecen. Por ello, si dejamos un poco más de espacio podemos llegar a utilizarlo para satisfacer nuestra propia vida y en consecuencia, las demás facetas.
Una de las ventajas de vaciar la mente es que te olvidas con facilidad de las cosas, no te conviertes en una enciclopedia con patas y dejas los datos, los textos, los informes allí donde deben quedarse, en un archivador para un futuro uso. Olvidar todos esos detalles insignificantes no te haces ser menos productivo, todo lo contrario, consigues dejar espacio, como si de un disco duro se tratase.
Sacarlo de la cabeza, olvidando no significa que todo está perdido, que tu experiencia vivida no ha servido de nada, por que cuando vacías quitas toda esa inmundicia que colapsa tu mente, mientras que la experiencia, las vivencias se quedan y esa es la señal de alarma que nos permite recordad lo sucedido, los detalles las referencias sabrás que existen, no te acordaras de ellos pero si irás directamente a tu archivo dónde sabes del cierto que ahí está la información.
Por eso olvidar es un plato suculento, adictivo. No quiero acordarme de las cosas que no necesito, las quiero fuera de mi cabeza para dejar esta completamente receptiva a lo que está por venir, aprovechándola para disfrutar de mi VIDA. Olvida y se feliz.
'Como proceso el correo'
Mucho se ha escrito de cómo procesar el correo electrónico, como limpiar la bandeja de entrada, dejándola vacía de cien a cero en menos de dos minutos, nos dicen. Existen muchas técnicas, trucos, métodos para limpiar esa bandeja de entrada y muchos consiguen hacerlo de una forma sencilla, a otros por su forma de trabajar les cuesta mucho más aplicar estos procesos. Yo soy uno de ellos.
Si algo tenemos claro es que el correo electrónico es una fuente de interrupción y junto al teléfono es el medio de comunicación más utilizado a día de hoy. La diferencia radica en que los correos dejan constancia de lo escrito y por lo tanto puede utilizarse como material de referencia o arma arrojadiza. Al no ocupar espacio, podemos almacenarlo por eones sin miedo de perder la información. Así, el correo electrónico al no ofrecer ningún coste adicional está tomando terreno en nuestro trabajo y en nuestra propia vida.
Para mí, el correo es una herramienta de trabajo fundamental y en ella me llegan muchas de las acciones de debo realizar. No sólo es una herramienta de trabajo, si no que forma simbiosis con él. El día que cae el servidor de correo, uno se siente inútilmente liberado, pero temeroso por lo que pueda estar al caer. Bromas aparte, el correo electrónico es fundamental para mí.
Aun dándole la importancia máxima como le otorgo, tengo claro una cosa muy importante que es la que me libera del estrés: el correo es una interrupción y como tal debo tratarla. Es decir, puedo comprobar el correo cada dos minutos si es necesario, pero en el momento que estoy realizando una acción, que estoy en la zona, el correo no existe. Si somos capaces de aceptar que nuestro trabajo, incluso nuestra propia supervivencia (dramatizando un poco) depende del correo que está esperando en la bandeja de entrada y tenemos la suficiente resistencia o poder para decidir quedarnos con la acción que estamos haciendo en vez sucumbir ante la alerta de su llegada, es cuando somos consciente que tenemos el poder de saber quién y cuándo nos puede interrumpir.
Un ejemplo muy sencillo. Junto con mis herramientas profesionales de comunicación, me han facilitado un chat corporativo, un correo electrónico, un teléfono fijo, un móvil y la puerta siempre abierta para que me pregunten. De esas herramientas he eliminado dos muy fáciles: el teléfono fijo y el chat corporativo, ya puede estar sonando el fijo que no lo cojo. Simplemente no atiendo a esas interrupciones. Así que sólo limito las interrupciones a tres canales, que puedo dominar con facilidad y decidir si me dejo interrumpir o sigo con mi tarea.
Teniendo claro que el correo es una interrupción, su gestión entra directamente con el sentido común. Aplicando las leyes básicas de si poder atenderlo o no, dependiendo de si se está realizando una acción o no. En el caso de que no esté realizando ninguna acción y tengo un correo electrónico (ROTFL) esperando, continuo aplicando unas normas sencillas: no todos los correos deben ser leído y/o contestados.
Lo primero, existe un orden para procesar los correos. Esto es una bandeja de entrada, el primero que llega será procesado, el último deberá esperar, no nos hemos de engañar por los flags de importancia que pone la gente, los temas amenazantes del estilo: “Contesta rápido o el mundo se destruirá” su importancia, su urgencia no es la mía y esa afirmación es un acto de sincera liberación.
Una vez delante del primero correo, lo primero que hay que hacer es dedicarle tiempo a leerlo, para poder saber si hemos de realizar algún tipo de acción al respecto o simplemente eliminarlo. Todos aquellos correos pirámide, powerpoints, con chistes, son eliminados y muchas veces contestados a su remitente para que la próxima vez no me los mande. Esto genera una especie de burbuja, si ya pensaban que eras raro ahora eres raro-odioso.
Los siguientes mensajes que elimino son aquellos de confirmación, gracias o puros informativos y por esa misma regla no los contesto. Hay quien se desespera por eso y quiere una confirmación a su gracias. No voy a perder el tiempo. Cuando yo soy el que tengo que agradecer o información, no escrito un correo, si no que lo transformo todo en un asunto para que su lectura será mucho más rápida y directa. Sí, hay que dar las gracias.
Los correos de proyecto siempre acaban almacenándose en un repositorio, sin orden, ahí están todos. Si llevan algún anexo, lo meto en el directorio de la carpeta del proyecto, apuntándome una nota indicando que es material para revisar y en ese momento, lo proceso y lo organizo, para que entre en mi sistema. Su importancia, no es la mia.
Si no cumple ninguna de estas afirmaciones, el correo es simplemente borrado. Obviamente existen dos filtros en este sistemas de suma importancia, aquellos correos que vengan de dos personas muy especificas, se saltaran todas las barreras. Sólo dos personas tienen esa bendición y ninguna de las dos forma parte de mi jerarquía superior.
Sólo contesto aquellos mensajes en los que pueda aportar algo, aquellos en los que tenga que tomar una decisión, aquellos en los que tenga que realizar un trabajo. El resto, borrados o al archivo. Cuando contesto un mensaje, lo expongo todo, ya sea pasándome quince minutos escribiendo, para que las cosas queden completamente claras y sobretodo, aportando no sólo la solución que me piden, si no de extras para garantizar que el receptor tendrá toda la información. Ese es mi trabajo y lo llevo al extremo para sentirme satisfecho.
El correo de electrónico es fundamental para mi trabajo y con sencillas y delimitadas reglas convierto su estresante visión en una herramienta manejable. No me dejo intimidar ni colapsar. Si dejamos que nos posea, nos transformará en un completo descontrol y dependencia y al fin y al cabo, es una herramienta.
'Nuestra amiga la papelera'

La papelera, esa amiga inseparable que nos acompaña a todos lados. Allá donde estemos, siempre tenemos una papelera que nos ayudará aliviar nuestra pesada carga, ya sea en tareas virtuales o en formas físicas, ya sea nuestra, del ayuntamiento local o de un compañero.
Somos capaces de detectar las bandejas de entrada en nuestro mundo, disponemos de los receptáculos necesarios, ya sean en plástico, en varillas de metal o espacios predeterminados, incluso virtuales. No obstante nos encontramos que no disponemos de las suficientes papeleras en nuestro entorno para utilizarlas de la misma forma.
A veces he llegado a considerar una papelera, como una bandeja de entrada, otorgándole privilegios y emociones que no le corresponden, pero resulta tan seductora su concepción, como la ejecución de su acción. Hemos de disponer de papeleras en nuestro entorno, esto es un hecho que toda mente productiva debe utilizar.
Según GTD, todo aquellas cosas que no tengan una acción, que no vayan a parar a la lista de “Algún día/quizá” o a nuestro archivo de referencia, deben ir directamente a la papelera. Es un acto liberador aunque a veces pensemos que lo que estamos haciendo nos pueda llevar al arrepentimiento.
Nos gusta acumular todo tipo de cosas en nuestro entorno y en la parte virtual no tenemos límite. El espacio se mide hasta el infinito sin importar la cantidad de información que nunca revisaremos. Este hábito lo acumulamos incluso en la vida real, llegando a guarda el traje de la primera reunión o los pantalones de hace quince años, que ahora [censuradas] tallas por encima no nos entra ni en nuestros sueños.
La papelera reclama nuestra atención. Hay que mimarla, hay que cuidarla y debemos alimentarla para reducir todas esas cosas superfluas que adornan nuestra nostalgia, nuestro Diógenes controlado. Hemos de ser estrictos con nosotros mismos y dejarnos de sentimentalismos, de fantasías. Todo lo que no nos resulta útil en este momento, todo lo que no tiene ningún futuro en nuestra referencia, sencillamente debe ir a la basura.
Al principio duele, cuesta deshacerse de esas cosas, nos planteamos si realmente estamos haciendo lo correcto, dudamos, pero luego, después de unas cuantas víctimas, viendo como va decreciendo el espacio de la basura en pro de lo que vamos lanzando nos sentimos aliviados, incluso llegamos a viciarnos buscando la siguiente cosa que podemos tirar, ¡Cuidado, Engancha!
La papelera es un pozo sin fondo maravilloso, debemos utilizarla sin miedo. Encontraremos el espacio que necesitamos en nuestra vida y en nuestras listas.
'¿Necesitamos la productividad?'

El mundo de la productividad personal es una de esas sectas apasionantes, que o las aceptas en todo su contenido o lo abandonas sin mediar palabra porque no encaja con la ilusión formada en tu cabeza. Por ello, cuando uno intenta dar el paso hacia la productividad personal y lo consigue, rara vez vuelve hacia atrás.
Cuando damos el paso para iniciarnos en la productividad personal es por que deseamos encontrar una forma diferente de realizar las cosas. Buscamos en nuestro día a día y nos vemos consumidos por las tareas, el estrés, el tiempo y los compromisos. No somos capaces de encontrar una forma coherente de equilibrar todo eso y por lo tanto buscamos remedios en formulas mágicas que nos ayuden.
Quien consigue arraigarlo en su interior es capaz de cambiar no sólo a nivel de realización, si no en un ámbito más personal, alcanzando etapas que estaban cerradas en su vida y realizando nuevos lazos personales y profesionales de una forma mucho más ética y coherente con las personas.
Hasta aquí todo es normal. Esto es lo que entendemos como la productividad personal que hemos abrazado y que estamos profundamente evolucionando y perfeccionando a medida que crecemos y aprendemos. Una evolución continua de nuestro propio afán de superación y las ganas de seguir experimentando las sensaciones adictivas del control y “la zona”.
Pero, ¿Necesitamos la productividad personal? La respuesta que acude a mi mente es verdaderamente espeluznante. No necesitamos la productividad personal. Así de rotundo. Un vistazo a nuestro alrededor nos confirma a base de morados y continuas caídas que lo que estamos haciendo es nadar contra corriente para satisfacer una aspiración interior.
Mira a tus compañeros de trabajo, ¿Cuántos de ellos están utilizando algún tipo de método para ser productivos? Pocos. De esos afortunados, ¿Cuántos son constantes en sus hábitos y no se dejan corromper en el desarrollo? Ninguno. Somos una especie rara en nuestro lugar de trabajo. Somos esos raritos que han evolucionado e intentan llevar a cabo un plan mesurado en el resto de caos que reina en jaula.
Aun con el párrafo anterior, parece que la respuesta a si necesitamos la productividad personal continua siendo sí, pero profundicemos un poco más. Nosotros, somos productivos, controlamos nuestro entorno, pero el entorno no deja de ponernos a prueba en todo momento, no deja de retarnos, de atacarnos. Nosotros utilizamos nuestras herramientas contra toda esa hostilidad, pero resulta frenética la batalla entre mantener el control y dejar que el caos nos envuelva.
Existen compañeros que bloquean nuestros esfuerzos, echan por tierra nuestros planes, nuestro trabajo, empeñados en sabotear, tal como lo haría con el resto de los compañeros, pero esta vez la afrenta va más allá, porque nos hemos convertido en una persona responsable, dedicada y solucionadora, sobresalimos más que los demás y eso garantiza que los apoyos van todos contra nosotros.
La respuesta comienza a teñirse de gris.
No sólo existe el entorno agresivo, si no que nos encontramos también con un entorno agresivo-pasivo. Incapaz de resolver nuestras necesidades y que cuestionan nuestra forma de realizar las cosas. Un entorno agresivo-pasivo resulta una pérdida de control y en consecuencia una falta de confianza que se encarga de minar nuestro sistema productivo. Delegar se convierte en una utopía, con lo cual nos sobrecargamos de trabajo.
El caos, continúa no sólo en la oficina, si no en la propia intimidad de la familia, dónde si hemos sido listos habremos exportado también la productividad en la totalidad de nuestra vida. Aquí en este círculo tan cercano, chocamos frontalmente no solo con la autoridad, si no con los sentimientos, donde los pensamientos y las acciones se contradicen en nuestra propia filosofía. Sólo aquí nos cargamos un poco más de paciencia.
La productividad personal puede llamarse entonces un completo acto de suicidio. Si estás dispuesto a luchar contra el resto del mundo, sin reeducarlo (los dioses te libren de este pensamiento), ir en contra de la tendencia, nadar contracorriente y no esperar ni el más mínimo cambio del exterior, entonces eres uno de esos locos que aman la productividad personal o puede que no te hayas dado cuenta de lo que realmente está sucediendo. Muchas veces estamos tan cegados en ser productivos que nos volvemos adictos a realizar los trabajos, sin pensar que somos condicionados por la presión externa.
Por eso me planteo si realmente necesito la productividad personal o mejor dicho… ¿necesitas tú la productividad personal?
'Hoy procrastino'
He tenido serias dudas en si crear o no escribir este artículo. Tal vez pueda sonar un poco raro viniendo del ámbito de la productividad, que plasme en letras el objetivo del día. Pero supongo que ha sido un acto racional lo que me ha permitido llegar a esta conclusión y de esta forma poder saborear el momento de la procrastinación.
Vivimos en un mundo de trabajo, completamente volcado a las tareas, a las acciones, a realizar las cosas por mandatos y muchas veces somos fuertes en nuestra voluntad y seguimos las directivas para premiarnos a nosotros mismos con el esfuerzo, con el tesón, con el producto de nuestra energía. Vamos, lo normal en nuestro día a día.
Pero en este camino, existe la tentación del pecado, la vulnerabilidad de nuestra voluntad y como no, las más puras distracciones que desvían nuestra atención del concienzudo trabajo a la fragilidad de “perder el tiempo” en cosas pasajeras. Un paseo rápido por las pantallas de nuestros compañeros podemos descubrir con sencillez que no somos los únicos que estamos pecando. Correos personales, páginas de informativos online, slides con fotos sugerentes o al más viejo estilo: con el diario abierto sobre el teclado.
Todo esto son rebeldías propias de que ahora que no me ven, me dedico a saltarme las normas. Jugando con lo prohibido que resulta infringir la ley sin que el otro lo sepa, aunque somos conscientes que ambas partes conocemos la verdad, pero es una verdad que no se dice en voz alta.
Por eso, con la mentalidad que tenemos a ubicar el trabajo en un espacio y tiempo determinado, es cuando nuestros actos se convierten en golpes anárquicos y nos evadimos de las estrictas normativas para rozar los límites y sentirnos un poco más allá de la monotonía de nuestro trabajo. Encerrados nos sentimos y desmotivados por no poder centrarnos en algo que deberíamos estar realizando.
Tal vez podemos empezar el día con otro pensamiento, tal vez si empezamos las tareas con la procrastinación en mente, seremos capaces de encontrar un camino en todo ese “aburrimiento” para encauzarnos nuestro trabajo. Suena raro, planificar un espacio de tiempo para procrastinar. Aunque lo hemos leído muchas veces, que debemos premiarnos con momentos no laborales para cambiar el registro de nuestra mente, tal vez podamos afrontarlo de otra forma mucho más ética y profesional.
Comenzando con el sencillo ejercicio de valorar el tiempo que estamos procrastinando en contra del tiempo que dedicamos al trabajo. ¿Cuánto dedicamos a la procrastinación en un día? ¿En una semana? ¿En un mes? Los números asombran y si somos empleados tal vez nos de igual, pero si somos empleadores, esta es una batalla que debemos ganar cueste lo que cueste.
Conseguirlo es sencillo, sólo hemos de cambiar nuestros registros y convertir a la gente en personas mucho más éticas. Si asumimos como empleadores que la gente realiza llamadas personales desde los teléfonos corporativos, por mucho que la alecciones a que no deben hacerlo, ¿Por qué en vez de cambiar a la gente no iniciamos el cambio en nosotros mismos?
¿Por qué no indicamos a nuestros empleados que pueden realizar esas llamadas telefónicas necesarias y personales, pero al mismo tiempo, deben ser coherentes con su uso y con la responsabilidad que comporta? Si somos flexibles, conseguimos flexibilidad, si somos éticos, obtenemos ética. Si damos la suficiente libertad podemos exigir al mismo tiempo que la libertad sea correspondida.
Por ello si alguien quiere leer el periódico sobre el teclado, ¿Por qué no dejarlo hacerlo? La vida no se para por un contrato de tantas horas. Las emociones humanes se contradicen en cada momento y no podemos ser robots incapaces se negarnos durante parte de nuestra vida. Leer el periódico puede resulta ofensivo, pero peor aun es la motivación que existe tras el hecho de leer con alevosía el periódico.
Si dejamos (o premiamos) con leer el periódico en mitad del “trabajo” hemos de ser coherentes, ya sea como empleado o como empleadores, que ese tiempo que dedicamos a procrastinar las tareas, que ese tiempo que hemos tomado prestado debe ser ofrecido por la propia integridad y ética de la persona. Si conseguimos, que la gente procrastine con naturalidad, teniendo pleno control de su trabajo, conseguiremos una mejor motivación y a la larga una menor procrastinación.
La limitación o prohibición sólo es una meta que hay que batir.
'¿Qué es para ti GTD?'
La parte fácil de esta pregunta es la obvia, la que se extrae de millones de páginas dónde se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre esto. En ellas encontramos siempre el mismo planteamiento, el del método efectivo con millones de fans más o menos disciplinados que han conseguido sacarle un partido.
Según a quien le preguntes, puede decirte que GTD es un método, cinco pasos, un conjunto de normas, unas forma realizar las cosas, listas interminables, un error en la vida. Tantas respuestas como experiencias vividas y en el mejor de los casos compartidas. Lo que pocos se plantean es que significa realmente para ellos mismos el GTD.
El principal significado que todo el mundo extrae del GTD es el sentido común. Todo lo que está reflejado en el libro y en las millones de páginas es de sentido común. Cualquiera puede descubrir por sus propios medios todos esos consejos, todas esas técnicas, todas esas reflexiones, que se encuentran encerradas en nuestra mente, pero como son de sentido común no hemos sido capaces de realizar. Curioso ¿no?
Lugo nos centramos en la idea de la productividad, de hacer mejor nuestro trabajo, mientras nos endulzamos la mente pensando en que vamos a trabajar más rápido, seremos capaces de realizar más trabajo y todo sin llevar lo ropa interior por encima de los pantalones.
Profundizando con la idea de la productividad, nos encerramos en el mundo laboral y de esta forma realizamos la afirmación con nuestros compañeros de trabajo: “Desde que uso GTD, estoy todo el día ocupado, soy más productivo, realizo los informes a tiempo, entrego los proyectos de forma profesional, hasta tengo la mesa de trabajo completamente ordenada”. De nueve a seis de la tarde, eres la envidia de quien te rodea, pero ¿y el resto del día? Limitamos la productividad a la esclavitud laboral.
El estrés y el control es una buena excusa. GTD es una forma de evadirse del estrés, de limitarlo sólo en momentos muy limitados, no nos engañemos, esa sensación siempre va a estar ahí, sólo cambiará en la forma en que reaccionamos. Nuestro control crecerá de la misma forma en que vayamos procesando la información, seremos más proactivo en el desempeño de nuestras labores, pues tendremos la capacidad de escoger lo que realmente podemos hacer en cualquier momento.
Como veis, todas estas razones son los flecos del propio GTD. Si logramos juntarlas todas entraremos en un nuevo estadio de nuestro desarrollo personal y profesional. Pero aun así, continuaremos sintiendo como nuestro sistema nos sirve para el ahora, para este instante, nos estamos negando parte de nuestra vida porqué no aplicamos la totalidad del sistemas a nuestra propia vida.
Entonces ¿Que es para ti GTD? Yo te invitaría a que pensaras un poco más allá de la productividad, de los problemas diarios, de todo ese sentido común, de las modas. Te invitaría a que encontraras un sentido más allá de todas esas experiencias tangibles y que con claridad puedas ver el desarrollo y el impacto que puede tener GTD en tu vida, no como una ayuda, no como un complemento, sino como una forma de afrontar la vida. Puede sonar espeluznante o sectario, lo confieso, pero para que conformarse limitando GTD sabiendo que puede hacer más por nosotros.
'Mantenimiento de un hábito'
Todos somos capaces de entender la funcionalidad de un hábito, basado en la constancia, la asimilación y el proceso natural de aceptación por nuestro sistema que lo lleva a niveles cognitivos, para convertirlo en un alargamiento de nuestro forma de ser. Un hábito en su estado puro forma parte de nuestro yo más profundo.
Crear ese hábito no es sencillo, debe existir una motivación, un periodo de aprendizaje, una constancia y al final, lo único que nos queda es la pura acción realizada por nuestra voluntad más inmediata. Pintado con estas palabras resulta sencillo. Pero requiere de un gran esfuerzo físico y psíquico, pues somos valientes de corazón, pero hábiles mentirosos con nosotros mismos.
Se requiere un mínimo de treinta días para llegar a conseguir transformar un pensamiento en un hábito involuntario, en una acción cotidiana impulsada por nuestra mente no razonable. Le dedicamos una gran cantidad de energía, esfuerzo y muchas veces dinero en complacer a nuestro ego y autoanimarnos para llegar a conseguir hazañas importantes.
El problema, radica en que ese hábito se deja en la oscuridad de nuestra mente, a merced de todos los demás pensamientos y con lo cuál, debe luchar a diario con el resto de acciones cotidianas que suceden y realizamos sin apenas darnos cuenta. Esto, es una desventaja, pues nos estamos minando a nosotros mismos, después de haber conseguido implantar el hábito.
No podemos caer en la trampa de dejar desamparado ese hábito, pues al no dedicarle tiempo consciente lo único que conseguiremos será destruirlo y perderlo en el recuerdo de haber tenido una oportunidad de realizar las acciones y ahora no acordarnos o no acabar de acostumbrarnos. Un dulce veneno que nos seduce constantemente si no prestamos atención al hábito.
El hábito nunca puede quedarse sólo, siempre lo hemos de acompañar con una parte consciente o al menos, crear los puntos de control necesarios para salvaguardar su integridad, reeducarlo y seguir ejerciéndolo como es nuestro derecho.
Si lo piensas fríamente, es muy fácil conseguir crearlo, con lo expuesto anteriormente el proceso es una cuestión casi de tiempo. Pero al otro lado del filo, nos encontramos que este se pierde con la misma facilidad con la que se ha aprendido y nos deja con cara de perplejos cuando comenzamos a errar en su ejecución o misteriosamente lo echamos en falta.
El hábito por si mismo es autodestructivo, tienes miles de ejemplos en tu propia experiencia que avalan estas letras. Lo único que puede marcar la diferencia entre hacerlo perdurar o ser olvidado es la propia capacidad para mimarlo. Con un poco de atención, no sólo conseguiremos perfeccionarlo, si no que seremos conscientes de la importancia del proceso y la necesidad de hacerlo perdurar.
Por ello, cada vez que comiences con un hábito, debes ser consciente de las implicaciones necesarias para mantenerlo y establecer los puntos de control, periódicos, así como evaluación para convertirlo en una acción verdaderamente útil. Sin ese control, todo tu esfuerzo seran buenas intenciones.

















