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Foto de OiMax
Hay veces, que cuando nos enfrentamos a las acciones diarias nos encontramos con una lista interminable, no sabemos por cual comenzar y mucho menos queremos comenzar con todo lo que tenemos pendiente. Es cuando sentimos un escalofrío recorriendo nuestro cuerpo y el ángel de la procrastinación se sienta en nuestro hombro susurrándonos dulces palabras para olvidarnos de esa lista.

Sea el miedo o el disgusto en hacer las cosas, retrasamos de forma consciente lo que tenemos que hacer, sin pensar o en el peor de los casos, atenuando falsamente las consecuencias de esa disidencia. En ese momento abrazamos la procrastinación en pro de un tiempo que va fluyendo. Nos sentimos abatidos, incluso cansados, ponemos mil excusas para no afrontar alguna de esas tareas.

Este es un escenario bastante común, dónde nos sentimos colapsados por lo que deberíamos hacer y la falta de motivación para realizarlo. Un descontento interior que pone en peligro incluso nuestra propia forma de pensar, hundiéndonos en falsas ideas de que no podemos realizar las acciones. Cuando en verdad somos simplemente abrumados por todas esas acciones o proyectos.

Un principio es tan bueno como cualquier otro, sólo hemos de encontrar la motivación necesaria para arrancar en el proceso. Cuesta, sí. Salir de la procrastinación o la holgazanería y caer en las redes de algo que no entendemos y que nos cuesta asimilar resulta difícil, pero para ello disponemos de ciertas capsulas que nos ayudan a regresar a nuestro yo productivo.

Con esto no quiero decir que la desmotivación por realizar las acciones pueda ser superada de una forma casi mágica, no nos engañemos, cuando la moral está baja, levantarla resulta bastante complicado y más si lo hemos de hacer nosotros mismos desde el fondo del pozo.

La motivación viene dada por un interés, por unas ansias de triunfar y en consecuencia, de deshacernos de la acción o proyecto que tenemos entre las manos. Para conseguirlo hemos de ser totalmente transparentes con nuestros sentimientos y analizar (¿a que suena fácil?) de una forma sencilla lo que tenemos entre manos.

La zona, es el campo completamente opuesto a la desmotivación. Si has entrado alguna vez en ella, recordaras el placer que se siente al realizar el trabajo, al sentir la simbiosis con él, a no pensar en nada más que no sea lo que estás haciendo, perdiendo la noción del tiempo y del mundo. Ese es un buen objetivo por el que luchar y conseguir avanzar.

Hemos de encontrar los valores necesarios para conseguir entrar y quedarnos en ella. Lo principal, encontrar el motivo por el cual estamos haciendo las cosas. Darle una finalidad a la acción nos da un sentido para seguir avanzando. El placer, es otra de las claves, cuando disfrutamos haciendo las cosas el tiempo resulta invisible, si aborrecemos la tarea, si no la soportamos, si no queremos hacerla, hemos de encontrar un hilo placentero para estirar de él. Para conseguirlo no habrá que pensar en la globalidad, si no en la división del esfuerzo, dónde las pequeñas victorias se transforman en grandes acontecimientos que nos sirven de recompensa. Por ello:


Repetir estos cuatro sencillos pasos, te hacen salir del pozo, encontrar el camino para poder entrar en la zona y finalizar esas molesta acciones o proyectos que nos inducen a la procrastinación.

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Foto de .Kristy.
Somos animales recopiladores, procesamos con vehemencia las cosas que caen en nuestra bandeja de entrada y organizamos devorando las acciones para llegado el caso hacer hacer hacer hacer y hacer, robots adictos a la zona nos dopamos con ese sabroso estímulo que resulta evadirse del mundo y concentrarnos con la misma adrenalina que si estuviéramos decidiendo si cortamos el cable rojo o el cable azul a menos de cinco segundos de la explosión.

Suponiendo que tenemos un sistema adecuado a nuestras necesidades, tenemos experiencia en el mundo de la productividad personal o al menos intentamos llevarlo a cabo, somos conscientes del valor de recopilar la información y de introducirla en nuestros sistemas para que realmente lleguemos a realizar algo con ella.

Todo lo que entra en nuestro sistema se convierte en nuestra responsabilidad, en nuestra decisión y por ello nos autojuzgamos llegado el caso, incluso nos culpabilizamos si no lo realizamos de la forma que creemos que es la más “”perfecta””. Si, GTD nos convierte en responsables de nuestras acciones hasta límites en que somos expuestos públicamente. Esto puede ser motivo de orgullo, pero de la misma forma se convierte en nuestra propia perdición.

Cuando una cosa cae en nuestro entorno, nuestro hábito animal nos impulsa a lanzarlo a la bandeja de entrada, provocando un pequeño respiro de alivio. Es como un acto reflejo visceral, donde apenas pensamos, simplemente lo dejamos ahí para que el proceso posterior sea el encargado de gestionarlo. Pero… antes de lanzarlo una vocecita interior nos interroga a modo de suculento pecado: ¿Realmente quieres dejarlo en la bandeja de entrada?

Una pregunta complicada que muchas veces se responde de forma afirmativa en beneficio de la cosa, entrando en el ciclo de nuestro sistema. Pero existe otras cosas, que nunca llegan aterrizar en la bandeja y se pierden en el abismo de un agujero de gusano temporal que se crea en el camino de nuestra mano hasta la propia bandeja, por darle una explicación lógica. La cosa ha desaparecido misteriosamente de nuestra vida y nuestra vacía mente ya no recuerda lo que era.

Este es el verdadero placer de olvidar. Vaciamos nuestra mente con todas las consecuencias que ello comporta. Somos decididores de lo que entra en nuestro sistema y con la misma premisa, de lo que no entra. Con el mismo poder de nuestra ética que llevamos a cabo las acciones, también las dejamos de hacer, sin llamarlo procrastinación, porque en verdad, esas cosas ya no existen.

Este es un poder inmenso y continúa reflejando nuestra inquebrantable moral, tal vez hackeada por nosotros mismos, pero siguiendo fieles a nuestros principios de productividad. El sistema no se rompe, no se contamina, simplemente las cosas que no entran en él, nunca llegaran a formar parte de nuestra responsabilidad.

Por eso, cuando somos recriminados por ello, cuando nos acusan directamente de no realizar las acciones de las cosas, con toda nuestra ética podemos excusarnos indicando que: a) no se encuentra en nuestro sistema y por lo tanto no entra dentro de nuestra responsabilidad, o b) como nunca fue apuntado no tienes constancia de ello. Eso siempre provoca una mirada fulminadora, pero y aquí viene los sorprendente, una aceptación de nuestra maldad, excusándonos por completo del pecado.

Esta técnica, puede ser utilizada en repetidas ocasiones, incluso delante de la misma cosa o persona. El problema es que las personas aprenden y nos obligan a meter las cosas en el sistema delante de sus ojos. Aquí es donde entra nuestra negociación ante el “no”.

Lo bueno de ser productivo es que puedes dejar de serlo igualmente siendo productivo.

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'El placer de olvidar'

20100309:0809


Foto de Gaetan Lee
La productividad es una de esas metas, una de esas ambrosias que todo el mundo aspira, que todos queremos o que algunos falsamente se sientan en ella como el estado armonizado para su falsa verdad. Con suerte, muchas de esas personas siente que su vida mejora, que sus ganas de crear aumentan y quieren seguir progresando mucho más allá en este mundo para enriquecerse con cosas que son totalmente ajenas a lo que ahora mismo ronda por su cabeza.

Uno de los caprichos de la productividad personal es el vaciado completo de la cabeza, dejando espacio para todo lo nuevo que nos espera. Si somos adictos a la productividad personal, sabemos que la cabeza es nuestra peor herramienta y que por lo tanto hemos de dejar de utilizarla como centro de almacenaje de las cosas cotidianas.

Suena sencillo escrito con palabras, pero resulta extremadamente difícil conseguirlo. Estamos acostumbrados a recordarlo todo y a utilizar nuestro sujeta pelos como parte de nuestras herramientas, un pensamiento implantado desde pequeños y que vamos aleccionando, que no aprendiendo. Pues aunque somos perfectamente capaces de reconocer nuestros errores, el principal, que resulta de sacar las cosas de ahí dentro, continuamos ejerciéndolo.

Esto nos deja en un estado de vulnerabilidad entre lo que queremos ser y lo que debemos ser. Yo soy productivo porque así lo escribo y lo demuestro a lo largo del día, sin importar el entorno donde me encuentre y quiero ejercer el derecho de vaciar la cabeza sin tener que recordad cosas absurdas o en su defecto, dar vueltas a la misma idea en la cabeza sin más motivo que retenerla para darle forma.

Esta idea absurda de almacenar no es más que uno de los errores más grandes dentro de la productividad, confiando en la propia biología humana aún sabiendo que lo estamos haciendo de forma errónea. Nuestra experiencia nos indica que tenemos mala memoria, que tendemos a olvidar las cosas, las acciones, las tareas, las reuniones, los detalles que no damos insignificancia y que para otros son de máximo valor.

Por ello, creo que todos los métodos de productividad personal estarán de acuerdo que el soporte de la información no debe residir en ella y aconsejan utilizar sistemas mucho más convenientes para dejar espacio. ¿Espacio para qué? Para planear y vivir la vida, por ejemplo. Nuestra vida está demasiado colapsada por el trabajo, los niños, la pareja, los asuntos domésticos, la familia y en el más importante: uno mismo. Muchos de esos frentes están bastante olvidados o no les damos la importancia que se merecen. Por ello, si dejamos un poco más de espacio podemos llegar a utilizarlo para satisfacer nuestra propia vida y en consecuencia, las demás facetas.

Una de las ventajas de vaciar la mente es que te olvidas con facilidad de las cosas, no te conviertes en una enciclopedia con patas y dejas los datos, los textos, los informes allí donde deben quedarse, en un archivador para un futuro uso. Olvidar todos esos detalles insignificantes no te haces ser menos productivo, todo lo contrario, consigues dejar espacio, como si de un disco duro se tratase.

Sacarlo de la cabeza, olvidando no significa que todo está perdido, que tu experiencia vivida no ha servido de nada, por que cuando vacías quitas toda esa inmundicia que colapsa tu mente, mientras que la experiencia, las vivencias se quedan y esa es la señal de alarma que nos permite recordad lo sucedido, los detalles las referencias sabrás que existen, no te acordaras de ellos pero si irás directamente a tu archivo dónde sabes del cierto que ahí está la información.

Por eso olvidar es un plato suculento, adictivo. No quiero acordarme de las cosas que no necesito, las quiero fuera de mi cabeza para dejar esta completamente receptiva a lo que está por venir, aprovechándola para disfrutar de mi VIDA. Olvida y se feliz.

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