'Incapacidad para delegar'
Delegar es sencillo y muchas veces crea adicción, puede convertirse en un peligro incluso para nuestra productividad. A lo largo de esta semana he visto como mi propia productividad se veía cortada por un exceso de delegación, no como ente que delega, si no como blanco perfecto de las tareas que otros han delegado en mí. No me resulta problemático aceptar las tareas que otros delegan, pero si que resulta frustrante ver con que mala técnica lo realizan.
Delegar tiene que ser una tarea razonada y no simplemente la ejecución de “pasar el marrón” para disponer de más tiempo para uno mismo. Hemos de ser consciente del trabajo que tenemos ante nosotros y nuestra capacidad para afrontarlo, así mismo exige un esfuerzo de evaluación personal y de conocimiento de los compañeros que nos rodean, de esta forma la delegación se convierte en un ejercicio de productividad y no es una risa burlona de lo que nos hemos librado.
El problema es que los demás no son el reflejo de nuestros mismos conocimientos y muchas veces asumimos nuestra propia ética en mentes ajenas y por eso nos sentimos defraudados cuando chocamos de frente con la realidad. En el mejor de los casos, somos capaces de rechazar esa tarea flotante o con nuestras herramientas la incorporamos a nuestro flujo a regañadientes sabiendo que sólo va a ser otra acción más a realizar.
Lo increíble, resulta de comprar el estado de liberación en el cuál se queda el ente delegador, dónde una vez traspasada la tarea se siente renacido, desposeído de cualquier responsabilidad, desconocedor que su trabajo aún no ha finalizado, ese es su pecado. Aquellos que simplemente delegando lo hacen porque no disponen de un robusto sistema capaz de garantizar su trabajo, delegar no significa desentenderse, olvidarse, entender esta responsabilidad entraña un grado en la escala de productividad, añadiendo colaboración, seguimiento, preocupación y control sobre lo ajeno, sobre la dulzura de desprenderse de algo que es tuyo, sabiendo que lo van a cuidar mucho mejor que tu.
Por este motivo, ante el inquietante aumento de la delegación gratuita que me he visto sometido esta semana, he creado un muro, no para protegerme de lo que pueda venir, si no para tener suficientes ladrillos para arrojar. Curiosa venganza. La delegación inútil debe ser correspondida y lo hago con el aleccionamiento de la misma estupidez humana.
Un sencillo caso, una mañana un compañero se levanta de su sitio y viene al mio para indicarme que debo escribir un correo a un cliente indicando los puntos que a continuación me relata: a), b) y c). El compañero está delegando sobre mi. El compañero cree que yo soy la persona idónea para realizar esa tarea y se ha tomado el esfuerzo de caminar hasta mi lugar de trabajo e indicármelo. Luego, terminada la conversación se intenta alejar y así lo haría con la sonrisa en los labios si no es porque lo retengo y como los cuentos que le explico a mi hijo, le relato lo que acaba de hacer: “Te has levantado de tu sitio, has venido caminando al mio, me has dicho que es lo que tengo que hacer y lo que tengo que poner y ¿ahora te vas? No. Siéntate” y delante de él, comienzo a escribir el correo ante la atenta mirada de sus ojos que ve como tiene un esclavo para ejecutar las tareas, según su pensamiento. La realidad dista mucho de lo que está pasando, su tiempo se está viendo reducido el doble. Cuando acabo de enviar el correo, le indico: “Ves, si este sencillo correo lo hubieses redactado tu, no tendrías que haber perdido el tiempo (odio esta frase pero es la única que entienden) viniendo hacia aquí y viendo como lo hago yo, ¿en qué más puede ayudarte?” Con lo cual conseguimos que dude de sus actos, no sabe si realmente tiene un esclavo o ha sido un “idiota” ante la clara falta de sentido común.
Un compañero me pide un listado que es urgente. Gestiono la tarea y cuando le llega el turno, la ejecuto, una vez terminada se la mando con una breve explicación, indicando claramente, que he cogido el documento que se encuentra en la carpeta compartida que él nos hizo crear, lo he abierto, he seleccionado las líneas que quería, he realizado un copy, luego he ido al mensaje y he realizado un paste. Su respuesta no se hace esperar, indignado por la resolución tan sencilla que no se le había ocurrido a él mismo.
Ya no lucho rebatiendo las delegaciones, ahora acepto todas aquellas estupideces para aleccionar a los que no saben delegar que la próxima vez que lo intenten, habrá consecuencias y realmente funciona.
'“Be a fénix, my friend”'
Todo es blanco y negro, uno o cero, bueno o malo, éxito o fracaso. En nuestra mentalidad gris, tenemos implantados la dualidad más básica que nos permite desarrollar nuestras acciones y juzgar la de las demás. Nuestras acciones se miden por un éxito o un fracaso, llegando incluso a autocomplacernos con medias tonalidades para engañarnos a nosotros mismos. Nos regocijamos en el éxito, en la victoria, en ese mágico momento donde las acciones han terminado de la forma visualizada. Mientras que nos lamentamos, lloramos y nos hundimos en el pozo más oscuro cuando el fracaso nos ahoga.
En nuestro trabajo diario ya va implícita la victoria, se nos adiestra y alienta para conseguirlo, somos guerreros con un único objetivo posible, cualquier otro pensamientos es censurable y castigado, no tenemos tiempo a reacción, la victoria está en nuestro punto de mira y hemos de conseguirla a toda costa, aunque no seamos los únicos que la deseemos y luchemos por ella. En esta batalla, alguien tiene que ganar, alguien tiene que perder y no vamos a ser nosotros.
Conseguimos el proyecto, conseguimos las acciones, alcanzamos nuestras metas ¿y luego qué? Más proyectos, más acciones, más metas, más batallas, más trabajo. No hay recompensa, no hay vítores, no hay aplausos todo queda en nuestro trabajo, para ello nos han contratado y no esperan menos de nosotros.
Pero la derrota llega, tarde o temprano, nos encontramos con algo que nos supera, algo que es más fuerte que nosotros, algo que no hemos podido, ya sea por nosotros o por agentes externos. El fracaso se planta ante nosotros y lo miramos de frente estupefactos, como si no fuese con nosotros y ahí, en la soledad del mundo estamos completamente solos. Nos hundimos en él, lo abrazamos como propio o renegamos de él, pero se queda impasible en nuestra historia, una cicatriz más en nuestra vida, visible para todo el mundo y muchas veces recordadas como azote de nuestra mente.
Las victorias pasan por la vida como algo natural, los fracasos perduran como lastre y seremos recordados por ellos.
“Be a Fénix, my friend”. Esta ave mitológica es la única que posee una vida eterna, una vida nueva. De su muerte surgirá la vida, de sus cenizas renacerá gloriosa, con nuevas energías, con todo un futuro por delante. Esta ave es toda una forma de vida, todo un ejemplo inspirador para nuestro día a día.
Por ello, los fracasos son una fuente inspiradora de nuestro aprendizaje, nos dicen que aprendamos de ellos, mientras nos señalan con el dedo constantemente. Lo guardamos en nuestra mente, como algo que hemos de custodiar en secreto y llegada la ocasión no volver a repetirlo nunca más. De ahí que volvemos a cometer el error una y otra vez. Nuestra mente nos engaña.
Hay dos listas que he comenzado a cultivar desde hace poco. La lista de victorias y la lista de derrotas. Dos listas que atesoro, dos listas que contemplo en los momentos de necesidad. Cuando me siento hundido, cuando me siento fracasado, cuando he perdido las esperanzas y la humanidad me reclama y me señala, acudo a mi lista de victorias, las leo, las recuerdo, las invoco cada una de ellas, relamiéndome de lo que tuve en el pasado, de lo que fui durante un tiempo, de lo que conseguí por méritos propios y es entonces cuando muero, es entonces cuando renazco.
Cuando consigo la victoria, cuando llego a mi objetivo, cuando estoy pletórico y exultante, con el mundo a mis pies, reviso la lista de los fracasos, no me dejo emborrachar y aterrizo lo más pronto posible de la nube palpando de nuevo la realidad, el pasado me azota, me abofetea, me trata de tú a tú. Es ahí cuando muero. Es ahí cuando renazco.
Estúpidas listas, pensareis. Pero no soy yo el que carga con vuestra culpa, ni el que se ciega con las recompensas.















